Cuando éramos chicos, la gaseosa era la bebida que tomábamos los domingos. En mi país la gaseosa más rica lo sigue siendo la Inka Cola. Hasta hoy, cada vez que voy a visitar a mi gente disfruto de su sabor y los recuerdos que me trae. Será la pérdida cotidiana del sabor de esta gaseosa lo que me hace seleccionar ciertos recuerdos vinculada a ella cada vez que puedo tomarla. Uno de ellos, es definitivamente el almuerzo de los domingos en casa. Mi papá destapando la Inka Cola y sirviéndola a cada uno de los cuatro hijos. Era un regalo, un placer estar todos juntos. Muchas veces era mi papá también quien había preparado la comida. Tenía ese toque diferente que hacía todavía más especial ese momento. Yo, con mucho ímpetu, me abalanzaba sobre mi vaso de gaseosa ni bien servido hasta sofocarme con el gas. Mi mamá, siempre cuidándonos, me decía: "despacio, loquito". Mi papá muchas veces supo decirnos: "despacio, disfrútalo que no hay más. Poco, rico y bien saboreado es mejor que mucho y sin disfrute". Treinta años después, en Buenos Aires, cada sorbo de Inka Cola tiene esa consigna en nuestra mesa. Mi esposa, mi hijo y yo: "Poco, rico y bien saboreado es mejor".
Pareciera que nuestras vidas han perdido esa consigna que en buena medida pueden aplicarse a muchos momentos y situaciones. Todo es rápido, y si no lo es lo hacemos rápido. Todo necesita ser exitoso, todo es evaluado por los demás en términos de rendimiento. Vestirse es cada vez más difícil. La salud es objeto de rendimiento lo mismo que nuestras enfermedades. Los medicamentos son paleativos (aspirinas, paracetamol, ansiolíticos, etc.), todos ellos procuran que estemos listos para seguir haciendo, pero no nos sanan. Lo mismo sucede con los momentos y logros de la vida. Quizás sin darnos cuenta, nos hemos convertido en grandes disconformes. Y no es que querramos más, sino que queremos ser otros. La posesión de bienes, comprendámoslo, no es una cuestión de tener para ser, sino de ser uno y querer ser otro --como el otro--. Según esta mentalidad lo que tenemos nos resignifica como personas, por lo que tener otras cosas --y no simplemente "más"-- nos hace ser quienes ahora no somos. Lamentablemente, trabajamos seis días a la semana y por muchas horas, y el domingo no podemos disfrutarlo porque estamos planificando los otros seis días. Muchas cosas buenas pasan en nuestras vidas, pero no lo son tanto porque estamos pensando en el futuro de lo poco, creyendo que cuando sea mucho será por eso rico y bueno. Nuestros hijos, por ejemplo, están con nosotros y pensamos en su futuro más que en ellos. Trabajamos duro, estamos todo el tiempo pensando en cómo pagar sus estudios, vestirlos, darles cosas, pero no nos gozamos con ellos. Corremos y corremos por la liebre que es imposible de alcanzar. Cada vez que sentimos que estamos cerca surge un imprevisto que la distancia de nosotros. Con el correr del tiempo los imprevistos vienen a ser la norma, la angustia nuestro estado constante, la prisa nuestra cronología, a tal punto que ya ni recordamos cómo era disfrutar y tener contentamiento.
Estas y otras cosas me hacen pensar lo difícil que es para muchos "disfrutar pacientemente, saborear la vida". No sabemos cómo hacer eso, ya nos hemos olvidado. Lo deseamos como algo que alguna vez fuimos. En estas líneas comparto una propuesta que solo es posible en comunidad: la paciencia. Definitivamente para mí la paciencia es hoy una virtud teologal. Con teologal quiero decir una situación de encuentro con Dios desde la cual también podemos gozarnos en su persona. Esta paciencia, en vista al activismo que nos mata, es teologal también porque nos sitúa en espera, una espera reverente ante la soberanía de Dios y su voz. Por otro lado, su carácter teologal nos advierte que no se trata de una "estrategia" de aprendizaje, sino de un "encuentro" que, por otro lado, es un estado que como tal nos permite oír, descansar, saborear la vida. ¡Cuántas actividades son realmente innecesarias en nuestra vida! Ya sé, alguno dirá que estoy hablándole a burgueses de clase media que pueden darse el lujo de parar y vivir de sus ahorros, o porque están en situación de poder y tienen quienes les sirven en lo que ellos o ellas no hacen. Pero creo que lamentablemente esta falta de paciencia está atacando más fuertemente a los pobres y con las peores consecuencias de la historia humana. El modelo del imperio presenta al rico como modelo y el pobre adopta su sentido de vida sin poder lograr tenerla. Queremos ser ocupados como ellos, nos vestimos como ellos y adoptamos su visión de la vida para, quizás, ser considerados como "personas". Claro que esto no es consciente en todos, pero está presente. Los pobres sufrimos de disconformidad crónica, de impotencia continua. Ya no por la misma carencia, sino por no poder ser como ellos. Sufrimos la imposición de este modelo desde la posición de esclavos. Ya sé, se nos dice "trabajadores", pero somos esclavos. Ya ni siquiera de lo poco, rico y bueno podemos gozar, y no porque no "podamos en Cristo", sino porque hemos sido conquistados por la mente del imperio que atenta contra el reinado de Dios. El evangelio del "reino" ha cambiado, degeneradamente, de Señor: el mercado imperial.
Pero Dios sigue siendo Dios y la iglesia su pueblo. El Espíritu santo sigue hablándonos en el testimonio de Jesús. Esperar, sentarse, gozarse de la bendición de Dios, deberá de ser en estos tiempos de prisas y exclusiones de vida nuestro mensaje evangelístico. Pr

ecisaremos parar, aceptar la vulnerabilidad, y desde ella seguir a Jesús y confiar en su poder. Precisaremos caminar con el error y comprobar que hay vida. Necesitaremos conformar iglesias sabáticas. Nuestra música deberá de dejar de ser "profesional". Que los músicos pasen más tiempo en casa y los coreógrafos duerman más la siesta. Precisaremos llamar a eso "bello", y con la gracia de Dios, el imperio no nos impondrá su concepto de "excelencia". Más personas predicarán para que los pastores seamos guiados. Nuestros templos los serán, ahora sí, cuando sean refugio para aquellos que vivan en la calle. Correremos todos los riesgos que esto implica, pero siempre más descansados que cargados por cuidar lo que no es nuestro. Si quieren robarnos, que no haya qué robar. No poseamos tanta tecnología, dejemos que las voces se oigan y rompamos con la tiranía del parlante. Que no haya iglesia más grande que la distancia del gripo de quien predica a Cristo. No gastemos tanto en mantener modelos que nos acaban. Dejemos las planificacioines hipócritas que crean un mundo que solo existe para el imperio y sus métodos de control. Dejemos de estudiar y aprendamos más. Hagamos el amor con nuestra esposa o esposo y pasemos el día conversando en la cama. Demos gracias por esa vida a nuestro lado. Juguemos en el parque con nuestros hijos o nietos, disfrutemos de la magnificencia de su sabiduría. Paremos. Tengamos paciencia. Dejemos de huir de nosotros mismos, oigámonos aunque duela en un comienzo --basta de aspirinas--, luego vendrá la sanidad de Dios. No renunciemos a estar en tensión con la noción de injusticia y la búsqueda de libertad plena, pero gocémonos en lo que Dios hace hoy en nosotros. La proclamación del evangelio del reino es plena desde la vida en el reino. Dejemos que así suceda...
Mientras termino estas líneas vuelvo de mi querido Perú. Dividido como estoy desde hace veinte años, me alegro de los días con mi madre y mis hermanos. Mi esperanza sigue siendo estar todos juntos alguna día... paciencia. Un vaso de Inka Cola me acompaña en el avión. El recuerdo de mi padre, fallecido hace unos meses, viaja sentado a mi lado: "Poco, rico y bien saboreado".